Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


El hechizo del poder


El verano siempre volvía a su relato con una luz distinta. Al recordarlo, su gesto cambiaba. No había nostalgia, sino algo más preciso: la conciencia de haber vivido días felices, ligeros, sin sospechar aún lo que se estaba gestando.

Hablaba de Moraira, del mar, de la casa recién estrenada frente al puerto, de los amigos, de esa sensación de plenitud que a veces concede el verano. Y se le notaba. La alegría aparecía sin esfuerzo, como algo auténtico.

Pero cuando descendía al detalle, cuando entraba en las escenas, su tono se volvía exacto, incluso implacable. No exageraba nada. Tampoco suavizaba.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita


Vidas Paralelas/La Caja/El Libro/El hechizo del poder


T E R C E R A   E T A P A

Capítulo 3.4

Finales de agosto de 2004

La casa era nueva de verdad.
Nueva en ese sentido preciso que mezcla vértigo y alegría: la sensación de haber deseado algo durante años y, de pronto, poder tocarlo con la mano. Un dúplex frente al mar, desde cuya terraza se veía el puerto, en un pueblo que había sido pescador y que ahora era otra cosa distinta: discreto, cuidado, elegido.

Y amarrada allí, en el puerto, casi como una prolongación natural de la casa, estaba el otro estreno: la Zodiac. Ocho metros de capricho largamente postergado. No era un juguete elegante, sino algo mejor: una pieza de libertad. Un barco bajo, cercano al agua, de los que te salpican al navegar y te permiten tocar la mar con la mano. Indestructible en apariencia, sin solemnidad, capaz de acercarse a tierra, de varar en la playa sin pedir permiso. Había tenido otras embarcaciones, pero esa era distinta. Era la que llevaba años queriendo. La que no hablaba de estatus, sino de una relación directa, casi infantil, con el mar.

Habíamos invitado a Mario y a Sandra para que pasaran unos días con nosotros y conocieran la casa. Una semana. La excusa perfecta para enseñarles Moraira, el barco, y ese aire de vacaciones que vuelve a la gente menos solemne y más humana. Todo estaba recién estrenado, todavía sin memoria. Y quizá por eso —sin saberlo— aquel verano parecía pedir que algo quedara grabado.

Esa tarde, paseando, nos cruzamos con un galerista al que conocía bien de mis ferias. Había sido expositor en varias de ellas. Proveedor habitual de fundaciones e instituciones, alguien con una trayectoria suficientemente sólida como para que obras de su galería acabaran colgadas en espacios oficiales. Un profesional reconocido, de los que se mueven con naturalidad en ese terreno donde el criterio y la confianza pesan más que la exhibición.

Nos saludamos con cordialidad y la conversación derivó enseguida hacia lo previsible. Le presenté a Vera y recordó que en alguna ocasión yo le había comentado que trabajaba en La Caja. Luego le presenté a Mario y a su mujer, añadiendo que Mario era miembro de la Comisión de Control. Todo transcurrió con esa ligereza propia de los encuentros estivales en lugares pequeños, donde las coincidencias se encadenan sin esfuerzo y nadie parece sorprenderse demasiado de nada.

Entonces mencionó, como al pasar, que tenía a Leandro Buesa alojado en su casa esos días. Amigo suyo, dijo. Había venido a Moraira a descansar. Comentó que esa misma noche organizaba una cena informal, un pequeño encuentro a propósito de su visita, y que le haría ilusión que nos acercáramos. Lo dijo sin solemnidad, como quien propone prolongar la tarde, pero en la frase había ya una arquitectura completa: proveedor, presidente, casa privada, verano… y la palabra amigo funcionando como contraseña.

Aceptamos encantados.

Todo parecía discurrir con normalidad. Una cena informal, sin ruido ni alboroto, gente bien situada, sin necesidad de demostrar nada.

Hasta que apareció él.

Leandro Buesa no entró: ocupó.
No era alto, no era especialmente atractivo, no era especialmente brillante. Pero había aprendido lo importante: llenar el espacio.
Cuando lo conocí años atrás, en la oficina electoral, era más parco, más tieso, más incómodo, como un hombre que aún no sabe si lo han invitado o si simplemente lo han tolerado.
Ahora era otra cosa. Más hecho. Más actor. Y, sobre todo, sabía que estaba allí como invitado principal.

La mediocridad, cuando sube demasiado rápido, tiene dos opciones: hundirse o representar.
Él había elegido representar.

Y lo hacía bien. Muy bien.

Desde el primer minuto, la gente se colocó alrededor de él como si hubiera gravedad. Le reían las gracias. Le buscaban la mirada. Se inclinaban un poco hacia delante cuando hablaba, como si temieran perder una sílaba.

Yo miraba aquello y tenía una sensación rara, casi física.
Estaban encantados.
Hipnotizados.
Como si la presencia de ese hombre les concediera un pase temporal a una zona superior de la realidad.

Vera lo escuchaba con una fe que no era ingenuidad: era aspiración.
Mario lo escuchaba con una seriedad que no era respeto: era disciplina emocional.
Sandra, como casi todos los invitados, flotaba en ese clima de fascinación que vuelve contagioso cualquier disparate.

Y él hablaba.

Hablaba de La Caja como si fuera algo maleable. No como si la gestionara con rigor, sino como si la tuviera en las manos: algo que podía girar, abrir, cerrar, desmontar.
Hablaba de inversiones en bancos extranjeros, de sociedades hipotecarias, de operaciones que sonaban a epopeya.

Cada frase llevaba una capa de “acojonante”.
Cada anécdota era una demostración de poder.
Y el poder, cuando se cuenta como relato, se vuelve seductor incluso para gente sensata.

Yo, sin embargo, no podía dejar de ver otra cosa.
Y no solo porque conocía de tiempo atrás su falta de criterio y preparación.
Había algo más.
Para entonces ya tenía noticias claras de cómo se estaban haciendo las cosas dentro: una gestión no solo temeraria, sino crecientemente opaca, arbitraria y peligrosamente desligada de cualquier control real.
Y, aun así, allí estaba: deslumbrando, arrastrando miradas, despertando admiración.

Lo más inquietante no era que exagerara.
Era el tono con el que lo decía, un tono que anulaba la pregunta.

Y entonces entendí que el problema no era él.
Para muchos, Leandro Buesa no era un irresponsable con poder, sino un dios de las finanzas.

Yo empezaba a sentir que era el único que veía que todo aquello no era solidez, sino una puesta en escena.
Una puesta en escena muy estudiada.
Y, además, muy lograda.

Entre una historia y otra, se abría un paréntesis de conversación “de hombre”: náutica, vinos exclusivos, restaurantes, caza.
Ahí él se crecía, como si ese fuera su territorio natural. Un experto. Un veterano.

Hablaba de barcos y de navegación con la misma seguridad con la que hablaba de lugares a los que parecía haber ido siempre. Todo en él sonaba a experiencia acumulada, a mundo recorrido, a un hombre experto que hablaba desde la seguridad de quien cree haberlo visto todo.

La conversación acababa volviendo, una y otra vez, a la caza.
Y desde ahí, casi inevitablemente, al rifle.

Hablaba de su rifle con una familiaridad casi afectiva.
De cómo no viajaba nunca sin llevarlo cuando iba de caza.
De la mira telescópica que le había montado, lo mejor que había —decía— aquí y en cualquier parte.
Volvía al rifle una y otra vez, como quien regresa a un argumento que le reafirma.

En algún momento, quizá por cansancio o por instinto, le pregunté qué cazaba.
Me respondió con una especie de orgullo impune:

—Lo último, una cebra.

Me quedé mirándolo.
La cebra.
Un animal que no se caza por hambre, ni por necesidad, ni por tradición.
Se caza por la foto. Por la posesión. Por la idea de haber podido.

—¿Y para qué sirve cazar una cebra? —le pregunté, sin suavizarlo.

Sonrió con esa sonrisa que usan algunos cuando no piensan responder, sino seguir dominando la escena.
No contestó nada que tuviera sentido. No hacía falta.
La respuesta era él.

La fiesta siguió. Risas. Copas. Anécdotas. Admiración.
A mí me empezaba a faltar aire.

Salí un momento al jardín.
Quería ver el espacio, o quizá alejarme del hechizo.

Caminé despacio, escuchando el murmullo amortiguado de la casa, y entonces lo vi: una pequeña escena preparada como para una fotografía.
Un libro abierto, un vaso de agua, unas gafas.
Todo dispuesto sobre una pequeña mesita, colocada a un lado, con esa perfección que no tiene la vida real, solo los decorados.

No supe explicar por qué, pero tuve la intuición inmediata de que aquello no era casual.
Estaba un poco apartado, lo justo para parecer íntimo; lo bastante visible como para ser visto.
Una escena pensada.

El libro era Magallanes, de Stefan Zweig.

Me acordé al instante de mi padre, de su insistencia, de cómo algunos libros se convierten en un deber familiar.
Me lo leí para que dejara de insistir. No por placer. Por paz.

Volví hacia la casa y me lo crucé en un pasillo.

—¿Estás leyendo Magallanes? —le pregunté, sin rodeos.
—Sí, sí —dijo—. ¿Por qué?

Le comenté que había visto el libro fuera, y entonces, con absoluta naturalidad, improvisó una explicación que sonaba a contraportada: habló de la vuelta al mundo, del espíritu de aventura, del descubrimiento del estrecho…
Un resumen genérico, sin peso, dicho con la seguridad de quien confía en que nadie va a pedirle más.

No era que se equivocara en un detalle.
Era que no tenía ni idea. Ni una sola.
Y, aun así, hablaba como si la tuviera.

No trataba de fingir cultura, sino de representarla.
La usaba como se representa el poder, con la certeza de que nadie se atrevería a corregirlo.

Guardó un segundo de silencio.
Luego cambió de tono y me miró como quien decide algo.

—Por cierto… quiero hablar contigo.
—Dime.
—Una cosa de informática.

En esa frase se me encendieron dos luces al mismo tiempo.

La primera no tenía que ver con la informática.
Tenía que ver conmigo.

Durante años había fingido no conocerme, ni a mí ni a nada que tuviera relación con el proceso electoral que lo llevó hasta donde estaba.
Lo hacía por pura necesidad narrativa. Admitirlo habría sido aceptar que no había llegado hasta el Olimpo financiero por méritos propios, que había habido un camino previo, apoyos, una maquinaria.
El personaje se desmoronaba si reconocía ese origen.

Y, sin embargo, al decirme aquello, lo estaba reconociendo.
No en público.
No ante los demás.
Pero sí conmigo.

Lo que fuera que iba a decirme era lo bastante importante como para permitir esa renuncia. Aunque solo fuera en la intimidad de una conversación privada.

La segunda luz fue inmediata: un hombre con un departamento de informática lleno de técnicos cualificados no llama a un tercero para una consulta “informática”, a menos que no sea una consulta informática.

Me habló en voz baja, sin dramatismo, como si estuviera pidiendo una receta de cocina:
—Se me ha ocurrido una posibilidad —dijo—. Guardar una información sensible en un lugar seguro. Y que, si algún día me pasara algo, esa información se difundiera. Lo más posible.

Mientras lo decía, pensé: esto no es un proyecto.
Esto es una póliza.
No era una idea de transparencia.
Era un seguro de vida.

Y pensé también —casi al mismo tiempo— en la cantidad de información que debía de tener acumulada.
En la gente, en las operaciones, en los favores cruzados.
Una póliza así no se la hace cualquiera.

Le respondí lo justo.
Le hice ver, diciéndoselo, el riesgo de cualquier automatismo.
Le hablé de la necesidad de una segunda verificación humana.
Puse ejemplos concretos: un accidente, una inconsciencia, un error.

Él asentía.
No se alarmaba.
No se sorprendía.

Me miraba con atención, como si confirmara algo que ya había decidido.
Como si aquella conversación llevara tiempo ocurriendo dentro de su cabeza y, por fin, hubiera dado con la persona adecuada.

—¿Tú podrías diseñarme algo así? —preguntó al final.

No era una ocurrencia menor para la época.

—Sí —dije—. En términos generales, sí.
—Vale. En Madrid lo vemos. Llámame.

Lo dijo como quien cierra un encargo doméstico.
Sin emoción.
Sin épica.

Volvimos a la fiesta.
O, mejor dicho, yo volví físicamente.

En el salón seguía la misma dinámica de antes: risas, frases grandilocuentes, admiración automática.
Él seguía hablando.
Y escuchándose.

La cena se fue apagando sin ceremonia.
Conversaciones que se diluyen, despedidas amables, promesas vagas de volver a verse. El verano hacía su trabajo.

De camino a casa, caminando los cuatro, le propuse a Mario salir al día siguiente.
—¿Te animas a que nos vayamos mañana a comer una paella? —le dije—. A algún puerto cercano. Tranquilo. Siguiendo la costa hacia el norte, a bordo de la Zodiac.

Le brillaron los ojos.
—Claro. Me encantaría.

Sabía que iríamos solos. A Sandra no le gustaba navegar y Vera no la dejaría atrás.

—Echamos el día entero —añadí—. Sin prisas. Volvemos de noche.
—Perfecto —dijo—. Planazo.

Se despidió animado, hablando ya de barcos, del mar, de lo bien que se estaba allí. Subió las escaleras con la ligereza de quien cree que al día siguiente le espera algo sencillo y amable.

Yo entré en casa sabiendo otra cosa.

Que el destino no estaba tan cercano.
Que no íbamos a seguir exactamente la costa.

Y que, al día siguiente, Mario iba a escuchar algo que aún no sabía que necesitaba oír.

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