Y llegó el día...
Me lo contó una tarde sin dramatismos, como quien repasa una carta náutica después de la travesía. Decía que las campañas son como regatas largas: se empieza con viento fresco, se acaba con cansancio, y en medio hay maniobras que solo entienden los que están a bordo. Lo recuerdo sonriendo, con ese aire suyo de que la política es menos brillante de lo que parece en los titulares.
S E G U N D A E T A P A
Capítulo 2.3
Enero - Febrero de 1996
El nuevo año empezó sin tregua. Apenas un paréntesis del 25 al 1 para brindar por Navidad y por un año que, se sabía ya, iba a ser decisivo.
El dos de enero, la oficina electoral estaba otra vez encendida, como una máquina en marcha: teléfonos sonando, mapas en la pared, carpetas que entraban y salían con nombres, cifras, instrucciones... Un hormiguero con café y ojeras.
Tal y como había pronosticado Mario García, Vera resultó ser una colaboradora eficaz que se hizo rápidamente con la situación, resolviendo —de sede en sede— los imprevistos de una campaña que se volvía más frenética con cada día que pasaba.
Y en medio de todo aquel barullo, Vera y yo habíamos empezado a salir. Así, sin planificación previa. Miradas que se buscaban, roces al cruzarnos en un pasillo si nadie nos veía... y muchas endorfinas.
Alguna comida juntos, alguna cena. Alguna noche también, sí. Todo con la discreción que exige la campaña y la naturalidad de lo que empieza solo porque sí.
Leandro Buesa apareció una sola vez durante la campaña. En enero, hacia la mitad del proceso. Entró en la oficina con aires de hombre importante, miró unos papeles y, con tono de estadista mundial, soltó:
—El logo es muy pequeño.
Lo miré con toda la calma que pude.
—No es un cartel —expliqué—. Son cartas personalizadas, para cada votante.
Buesa asintió con gesto serio, como si acabara de iluminar a la humanidad, y se fue tan rápido como vino.
Las semanas pasaban. La campaña avanzaba con precisión: cartas personalizadas, visitas puerta a puerta, sedes locales que primero dudaban y luego llamaban para pedir más material, más instrucciones. Poco a poco, los mapas de la pared iban cambiando de color.
Mario García llegaba con sonrisas contenidas:
—Esto cada vez pinta mejor, David... ¡Funciona!
—Sí, pero no nos confiemos. Estamos lejos de la victoria real —expliqué.
—En las sedes están encantados. Todos hablan ya de victoria segura —insistía Mario.
—Celebro tu entusiasmo y entiendo tu alegría, pero a mí no me pagan por ser forofo, Mario. Me pagan por poner a un cenizo en la presidencia de La Caja... y, de momento, no llegamos —sentencié.
Y en cuanto lo dije, supe que me había pasado de frenada. Busqué su mirada para disculparme y, antes de encontrarla, Mario ya estaba cortando por lo sano:
—Tranquilo. Relájate, hombre... todo va bien.
—Gracias, Mario. Y perdóname. Es que...
—Es que nada —me interrumpió—. Por hoy ya es suficiente.
Y sin darme opción a protestar, acabamos de copas y risas hasta cerrar Madrid.
A principios de febrero llegaron las elecciones. La jornada fue larga, con ese cansancio seco que no deja espacio para la emoción. El resultado confirmó lo que yo intuía: habíamos ganado, sí, pero no con la fuerza suficiente para hacer presidente a Buesa... al menos de forma inmediata.
—No seas negativo —dijo Adolfo Serrano, siempre en la sombra—. Al principio esto estaba perdido. Ahora está mucho mejor. Unas cuantas maniobras de despacho y, si todo sale bien, en unas semanas tendremos nuevo presidente.
Me encogí de hombros. En aquel momento, sus palabras me sonaron a un recurso de ánimo, una forma de salvar la noche. No podía imaginar —nadie podía salvo él— que ya estaba vislumbrando una salida, combinando matemáticas y política con esa mezcla de magia y experiencia que sólo él poseía. Una alquimia que para nosotros, al menos de momento, pasaba inadvertida.
—Si tú lo dices... —murmuré, sin darme cuenta de que lo decía en serio.
—Ah, y para que lo sepas —añadió Adolfo, con esa calma que ahora entiendo mejor—. Me ha llamado María José para felicitarnos: “Nunca imaginé que llegaríais tan lejos”. Palabras textuales.
Esa noche, en la sede, el equipo brindaba con vasos de plástico entre carpetas y papeles.
Y entonces apareció Buesa, como si llegara a saludar a su público. La gente lo aplaudió con desgana. Recorrió en silencio la sala, sonriendo altivo y saludando con frialdad. Ni una palabra de agradecimiento. Ni una frase de cortesía. Y, tal como llegó, se marchó, mientras las miradas del equipo se cruzaban como diciendo: “Sin comentarios”.
Buesa nunca más volvió a hablar de aquellas elecciones. Como si le pesara reconocer que no había sido mérito suyo, que sin aquel equipo, sin aquella estrategia, jamás habría llegado a la presidencia que terminó ocupando semanas después.
El equipo se fue marchando poco a poco. Yo me quedé hasta el final, asegurándome de ser el último en salir. Son manías que tenemos los navegantes, ya ves.
