Sin red
Lo contó ya sin defensas. Como se habla cuando sabes que no hay marcha atrás. No buscaba justicia ni venganza. Solo que alguien supiera cómo se llega a ese punto exacto donde todo se rompe. A veces el vértigo no viene de caer, sino de descubrir que ya estás cayendo y nadie va a sostenerte.
Escena reconstruida por Carmen según recuerdos de David
P R I M E R A E T A P A
Capítulo 1.6
Finales de julio de 2008
Fueron dos días de distancia, no forzada, pero inevitable.
Vera no lo notó, seguía a lo suyo.
Yo, mientras tanto, no dejaba de pensar: ¿qué hacer con lo que ya sabía?
Lo sabía todo.
No había vuelta atrás.
Lo supe con pruebas.
Lo supe con esa certeza amarga que no deja hueco ni al miedo.
Decidí actuar sin red.
La escena fue sencilla. Ella estaba en el dormitorio, de pie, ordenando un cajón. Me acerqué por detrás y le dije:
—Vera, quiero hablar contigo.
—Sí, dime —respondió sin mirarme.
—Lo sé todo —dije.
—¿Todo qué?
—Lo tuyo con Buesa. Lo sé todo —sentencié.
—¿El qué?
—Que te acuestas con Buesa, con tu presidente.
Ahí empezó el teatro. La dejé hablar.
Me llamó loco. Dijo que tenía la mente calenturienta y que veía fantasmas donde no los había.
Yo no me moví. Le dije que no haríamos una escena. Que sabía que, noches atrás, había estado en su casa mientras yo estaba en Milán. Que no me obligara a enseñarle las pruebas. Que no tenía sentido armar un melodrama.
Y entonces lloró. Lloró desconsoladamente.
Yo me mantuve de pie a su lado, inmóvil.
—Lo siento, lo siento mucho... ¡No te imaginas cuánto! —decía agobiada entre lágrimas—. Desde que aquella noche salí de su casa no dejo de preguntarme: “¿Pero qué he hecho, pero qué he hecho?”
—No es una noche, Vera. Lo tuyo con Buesa no es un desliz. Es una historia.
Y ahí cambió.
No fue un giro dramático.
Ni un súbito arrepentimiento.
Fue otra cosa.
Se le apagó la pena como si hubiera pulsado un interruptor.
Dejó de llorar.
Dejó de actuar.
Y, por fin, habló sin disfraz.
Reconoció los hechos, sin arrepentirse. Como quien asiente al oír una evidencia.
No se desmoronó.
Tampoco se rindió.
Solo se quitó la máscara.
Pero no por vergüenza.
Ni por culpa.
Se la quitó porque ya no le servía, porque ya no quedaba nada que fingir.
La escena había terminado.
Aprovechando que los niños estaban en la playa con sus abuelos, le dije que esa noche dormiría en el cuarto de ellos. No quería discutir. No podía. No tenía fuerzas.
Estaba atónito. Asombrado de su frialdad. De esa rendición sin alma. No quería ni verla. Solo necesitaba estar solo.
Aun así, percibí algo que no encajaba del todo: un poso de nerviosismo bajo su capa de hielo. La conocía bien.
—Tómate uno de tus lexatines —dije como quien lanza un dardo cargado de rencor—. O, mejor, hoy tómate dos. Te vendrán bien.
Me fui a dormir. Pero a media noche me desperté. Al pasar junto a nuestra habitación, no estaba. Revisé el resto de la casa. Nada. La llamé. Móvil apagado. Inusual. Nunca los apagábamos. No contestaba. Y a esas horas —las dos, tal vez tres de la madrugada— no era momento de llamar a nadie más. Volví a la cama. No pegué ojo.
A la mañana siguiente seguía sin aparecer. Llamé a su madre. A sus amigas. Nadie sabía nada. A media mañana sonó el timbre. Abrí sin mirar.
Dos mujeres jóvenes. Ropa informal. Me enseñaron sus placas de policía.
—Somos policías municipales. ¿Podemos pasar?
—Claro, adelante —dije.
—Su mujer le ha denunciado por violencia de género. Hemos venido a detenerle.
— F I N D E L A P R I M E R A E T A P A —
