Marketing y Marketing
David me advirtió que este capítulo no era estrictamente necesario.
Que el relato principal habría funcionado igual sin detenerse en él.
Al menos con tanto detalle.
Lo dijo con una media sonrisa, como si intentara restarle importancia a algo que, en el fondo, no pensaba omitir.
A veces los caprichos también forman parte del relato.
T E R C E R A E T A P A
Capítulo 3.2
Finales de febrero de 2001
Para entonces llevábamos ya varios años casados.
Cada uno había encontrado su lugar: yo, organizando ferias comerciales; Vera, asentada en su trabajo en La Caja. Vivíamos bien. Con una normalidad tranquila, sin sobresaltos. Incluso esperábamos nuestro primer hijo. Una niña.
Todo parecía avanzar como debía.
Yo no paraba de viajar. Vivía en los aviones.
Los aeropuertos, con el tiempo, acaban pareciéndose entre sí, y uno aprende a moverse por ellos como por una casa ajena en la que ya conoce el pasillo y la cocina.
Aquel viaje no tenía nada de especial.
O eso creía.
Llegaba tarde para embarcar hacia Londres.
Tarde de verdad. De ese tipo de tarde en la que el cuerpo corre antes de que la cabeza termine de calcular.
La terminal se estiraba en un plano largo: pasos acelerados, maletas rodando con ese sonido seco que se repite en todos los aeropuertos, pantallas que no esperan a nadie. Vi el finger desde lejos. Última puerta. Dos últimas personas en la cola.
Seguí corriendo. Entró una. Iba a entrar la otra.
Y justo cuando yo ya estaba a pocos metros, cuando la última persona aún estaba entregando la tarjeta de embarque, una mujer se levantó de un asiento cercano, giró sin mirar y se colocó entre el último y yo.
Tuve que frenar en seco.
Si no, me la llevaba por delante.
Ella no se dio cuenta.
O no del todo.
Solo vi una silueta rápida: morena, estilosa, con una chaqueta clara y una maleta pequeña. Tacones firmes. Ese tipo de personas que parecen llegar tarde sin perder nunca la compostura.
Pensé que, casi con toda seguridad, nunca llegaría a ver su rostro.
Pasamos el finger.
Al llegar al avión, al girar hacia la zona de business, la vi de nuevo.
Esta vez de perfil.
Mi cabeza —siempre inclinada a leer el azar como si fuera una ciencia— hizo su pequeño cálculo.
—Mis probabilidades de saber cómo es, acaban de aumentar —pensé.
El azar empezaba a comportarse como si tuviera intención.
Ocupé mi asiento de ventanilla.
Ella ocupó el suyo, de pasillo, junto al mío.
Nos miramos con esa cortesía mínima de los vuelos.
—Hola.
—Hola.
Nada más.
El avión despegó y cada uno se refugió en lo suyo.
Yo estaba medio adormecido cuando empezó ese vaivén irregular propio de los vuelos que nacen torcidos por el clima. De esos que no llegan a inquietar, pero tampoco permiten olvidarse de dónde estás.
Abrí los ojos.
Ella estaba inclinada hacia la ventana, intentando ver algo ahí fuera, como si mirar pudiera darle una mínima sensación de control.
Se le notaba que volaba a menudo. Eso se aprende a ver: en la forma de ocupar el espacio, de apurar los tiempos, de no pedir permiso al pasillo.
Y, aun así, estaba nerviosa.
De pronto sonó un golpe seco, violentísimo.
No un trueno lejano.
Un estallido ensordecedor, como si algo hubiera explotado justo encima del fuselaje.
Las luces se apagaron.
El zumbido de los motores cayó de golpe, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Tres segundos.
Cuatro.
Nadie habló.
Luego, muy despacio, volvió la luz. Volvió el sonido de los motores. Volvió el avión.
Ella había agarrado mi antebrazo con una mano.
Con la otra se aferraba a su reposabrazos.
No fue un gesto pensado, claro.
Fue puro instinto.
Yo no me moví.
Ni un milímetro.
Esperé a que su cuerpo decidiera por ella.
—¿Estás bien? —le dije.
Me miró como si aún no hubiera terminado de regresar.
—Sí… sí… estoy bien.
—¿Quieres agua? ¿Necesitas algo?
—No… es que… eso…
—Creo que ha sido un rayo —dije, tranquilo.
Me miró con los ojos abiertos.
—¿Y cómo estamos vivos?
—Los rayos entran por un lado y salen por otro. El avión está preparado.
En ese momento habló la comandante. Dijo que el avión había sido alcanzado por un rayo, que habían comprobado los sistemas, que todo estaba bajo control y que aterrizaríamos con normalidad. Añadió que quizá al bajar veríamos una gran mancha oscura en el fuselaje, pero que no tenía mayor importancia.
Ella me apretó una última vez.
Luego miró su mano.
Miró mi brazo.
Y la retiró, casi de golpe.
—Uy… perdona.
—No te preocupes.
Sonrió. Se rió un poco. Esa risa breve que aparece cuando el susto deja paso a la vergüenza.
—¿Y tú cómo sabes eso? —me dijo—. ¿Te han caído más rayos?
—No. Es el primero.
—¿Y tan tranquilo?
Me encogí de hombros.
—La comandante parecía muy tranquila.
Asintió. Como si necesitara agarrarse a esa idea.
Empezó a preguntar casi sin darse cuenta, como si hablar le ayudara a volver del todo.
—¿Te quedas en Londres? —dijo.
—Sí. Un par de días.
—Yo también. Voy a ver a mi madre. Hace mucho que no la veo.
—Qué bien. Yo voy a ver una feria.
—¿De qué?
—De arte. London Frieze.
Algo se le iluminó en la cara. Apenas.
—Es una de las más interesantes que hay ahora mismo —añadí—. Muy vanguardista.
—¿Sí?
—Sí. ¿Te apetece verla?
—Me dejas intrigada. Pero no puedo. Voy con la agenda llena.
—Otra vez será.
—¿Otra vez?
—En Madrid, si quieres, te enseño la feria de arte que hago yo.
Me miró, curiosa.
—¿La haces tú?
—Sí.
—¿A qué te dedicas?
—Soy feriante.
Frunció el ceño.
—¿Feriante… como los de los caballitos y eso?
Me reí.
—No. Organizo ferias en recintos feriales.
—Y aun así te llamas feriante.
—No me llamo feriante habitualmente. Es un recurso que uso para relajar a personas que acaban de vivir un rayo en un avión.
Ahí se rió de verdad.
—Soy David.
—Luisa.
Y añadió, casi sin darse cuenta, mientras nos dábamos la mano:
—Yo también me dedico al marketing.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Dónde?
—En Banque de Luxembourg. Soy la directora del departamento.
Nos miramos un segundo.
No por sorpresa, sino por una especie de reconocimiento.
Como si el azar hubiera decidido subrayar algo.
Marketing y marketing, pensé.
Hablamos un rato más.
Lo mínimo.
Lo suficiente para intercambiar los teléfonos.
Al aterrizar, nos despedimos con dos besos.
Se subió a un taxi.
Yo me subí a otro.
Dos días después, camino del aeropuerto de vuelta, me llegó un mensaje.
—Tengo un par de horas. Podría ir a la feria.
Miré el móvil.
Miré el reloj.
—Ya voy de camino al aeropuerto —contesté—. Me da rabia.
Pasaron unos segundos y añadí:
—En Madrid, cuando quieras, vemos lo de mi feria. Se celebra en breve.
La respuesta llegó casi enseguida.
—Me encantaría.
—A mí también —escribí—. Yo te llamo.
—Perfecto.

