La forma del ruido
Esta vez no hubo énfasis ni revelación.
Me hablaba con naturalidad, como si estuviera repasando algo que había quedado bien fijado en la memoria, punto por punto.
Habló de una feria a la que tenía especial cariño, de una mujer inteligente con la que cruzó una conversación inesperada, y de una sucesión de escenas que, tomadas por separado, no parecían tener nada de particular.
T E R C E R A E T A P A
Capítulo 3.3
Mediados de marzo de 2001
Por esas fechas celebrábamos la más querida de mis ferias.
No era la más grande.
No era la más rentable.
Tampoco la más visible.
Pero era la que cuidaba con más celo.
Siempre la pensé como una niña pequeña: exigente, delicada, agradecida cuando se hacían bien las cosas. Una feria que había pasado por momentos de cansancio y que, con trabajo y cuidado, volvió a respirar.
La feria se llamaba Estampa. Una feria de grabados y ediciones de arte contemporáneo.
Durante unos días, cada año, el mundo parecía concentrarse en un rectángulo gigante y luminoso de pasillos, stands, focos, conversaciones rápidas y miradas largas.
Era una pequeña joya: moderna, elegante, con esa mezcla rara de accesibilidad y prestigio.
Eso no se improvisa. Se trabaja.
Yo la sentía.
Y sí, la disfrutaba. No lo oculto.
Tal y como habíamos quedado en Londres, llamé a Luisa para que visitara la feria.
Acordamos que viniera al día siguiente de la inauguración.
El primer día siempre es imposible atender a nadie con calma.
La vi entrar como entra alguien que se mueve bien en cualquier terreno:
sin pedir permiso, sin invadir, sin titubeos.
Traje discreto y elegante.
Paso seguro.
Mirada despierta.
Le enseñé la feria.
La llevé por algunos stands, le presenté a algún galerista y fui respondiendo a las preguntas que iba haciendo.
Preguntaba con curiosidad real.
Sobre la feria.
Sobre el continente y el contenido.
Sobre el marketing ferial.
La curiosidad —y la inteligencia— se notan enseguida.
Basta con escuchar las preguntas.
Se detuvo ante alguna pieza y se inclinó ligeramente hacia delante.
No para buscar un efecto oculto, sino para mirar de cerca, como quien intenta ponerse en la piel de quien ha hecho ese trazo, ese punto, ese grabado.
Le dije, medio en broma:
—Si vas a querer algo, dímelo y al galerista le estrujo un poco.
Sonrió.
—No te preocupes. Ya les estrujo yo.
Me reí.
Y pensé que, seguramente, mejor que yo.
La mujer que había pasado por el susto del avión no estaba allí.
En la feria aparecía otra cosa: seguridad, control de la escena, rapidez mental.
Se notaba enseguida que era una persona potente.
Después de recorrer la feria con calma, y de ver que todo lo que preguntaba confirmaba que realmente le estaba gustando lo que veía, dimos por terminada la visita.
Y nos fuimos a comer.
Habíamos instalado un restaurante en el propio centro del recinto, en el corazón geométrico de la feria.
Era algo poco habitual.
No era lujo, pero tenía encanto.
Un menú moderno, cuidadosamente diseñado y elaborado.
Habíamos afinado hasta el último detalle para que la gente de la feria —galeristas, artistas, coleccionistas y curiosos— pudiera sentarse un rato y dejar de ser personajes.
Nos sentamos.
Hablamos de lo evidente.
De viajes.
De trabajo.
Yo le dije que estaba casado.
Que esperábamos una niña.
Ella me contó lo suyo, sin adornos, como quien está acostumbrada a no decir más de lo necesario.
Intenté una broma que no sonara a broma:
—Tú eres más bien banquera. Mi mujer es más bien… bancaria.
Luisa se rió.
—No te creas. Yo soy una bancaria más.
No insistí.
Lo que quería decir era otra cosa:
que Vera estaba dentro, sí, pero no en el centro exacto del poder.
Y Luisa, en cambio, se movía cerca de sitios donde se decidían cosas.
En ese momento apareció mi jefa de prensa.
—David, entras en directo en el Telediario de las tres. Televisión Española.
Lo dijo como quien te avisa de que ha cambiado el viento.
Miré el reloj.
—¿Cuándo?
—Cierran con la noticia de la feria. Tienes una hora.
Asentí.
Luisa abrió un poco los ojos.
—¿En directo?
—En directo.
—Yo no podría.
Lo dijo con absoluta sinceridad.
Como si fuera una incapacidad física.
—Yo tampoco habría podido. No antes.
—¿Y ahora?
—Ahora te acostumbras.
Le conté que la primera vez te crees que se te va a notar hasta el pensamiento.
Que después aprendes a respirar.
Que al tercer directo te preocupa más la corbata que el miedo.
Me escuchaba como si le hablara de una vida que no quería vivir, pero que le intrigaba.
—Para mí lo difícil es lo tuyo —dije.
—¿Lo mío?
—Sí. Todo ese mundo. Yo no soy financiero. A veces ni siquiera entiendo bien lo que me cuenta mi mujer.
—¿Y eso?
—Vera trabaja en un departamento… atípico.
Luisa me miró.
—¿Qué departamento?
—Unidad Avanzada de Inversiones.
Luisa frunció apenas el ceño.
—No me suena.
—No me extraña. Es… discreto.
—¿Y qué hace?
—Compras. Inversiones. Cosas más pequeñas. Más "especiales", supongo. No lo sé bien. Solo sé lo que Vera deja caer. La verdad es que yo no pregunto demasiado.
—¿Especiales? —dijo con una leve sonrisa, casi profesional, como si esa palabra no terminara de encajar en su diccionario.
—Sí. No las grandes operaciones. Esas van por Banca de Negocios. Esto va por otro sitio.
—¿Y a quién reporta?
La pregunta cayó limpia. Sin rodeos.
Dudé un segundo.
Incluso decirlo en voz alta me pareció raro.
—Directamente al presidente.
Luisa no dijo nada.
No fue un silencio incómodo.
Fue otra cosa: el silencio de quien ya no pregunta porque está recolocando las piezas.
Me removí un poco en la silla.
—Hay algo de ese departamento que nunca he terminado de entender —dije—. Desde antes incluso de que Vera entrara a trabajar allí.
Luisa no dijo nada; me dejó seguir.
—No es que yo sepa mucho de finanzas —añadí—. Más bien al contrario. Escucho. No pregunto demasiado. Pero desde que supe que existía, me pareció extraño.
Me encogí de hombros.
—Ahora mismo están con pocas operaciones. Muy concretas. Y desde hace tiempo con una en particular.
—¿Cuál?
—La compra de un banco en California.
Luisa se quedó quieta.
—¿En California?
—Sí. Por lo que entiendo no es un banco grande. El California National Investment Bank. Supongo que lo ven como una puerta de entrada. Tener presencia allí.
Luisa negó muy levemente con la cabeza.
—Eso no tiene mucha lógica.
No lo dijo con énfasis. No levantó la voz. No necesitó hacerlo.
—La Caja no tiene prácticamente actividad internacional —continuó—. Y empezar por California sería un primer paso muy exigente.
Me callé.
—No es imposible —añadió—, pero no es un movimiento natural.
Hizo una pausa breve.
—Además, por lo que sé, ese banco es pequeño y muy profesionalizado. Un banco de inversión. No encaja con el tipo de cliente ni con la cultura de una caja de ahorros.
Asentí despacio.
—Ahí es donde empiezo a perderme —dije—. Entiendo que una caja compre algo pequeño, cercano a su lógica. Pero esto…
Dejé la frase abierta.
—¿Tú tienes idea de cuánto puede valer un banco así? —pregunté—. De ese tamaño.
Luisa levantó un dedo y dijo:
—No lo sé de memoria. Pero lo puedo preguntar.
La miré.
—¿Eso se puede preguntar? —dije—. Quiero decir… ¿el precio de un banco, con exactitud?
Sonrió apenas.
—Claro. Los equipos de valoraciones lo tienen todo medido.
Hizo una pausa mínima.
—Esta misma tarde te digo cuánto vale.
Lo dijo con la naturalidad con la que alguien ofrece mirar el precio de un cuadro.
A nuestro alrededor, la feria seguía funcionando: pasos, voces, flashes. El ruido habitual del mundo.
Mi jefa de prensa volvió a asomar.
Me levanté. Me fui a que me “arreglaran” para televisión.
Luisa se quedó a cierta distancia, prudente.
Me miraba desde fuera y sonreía apenas.
Había nervios, pero no incomodidad.
Cuando terminé, me dijo:
—No puedo creer que lo hagas tan tranquilo.
—Ya te dije. A la segunda ya no piensas en el miedo.
Por primera vez, me devolvió algo parecido a complicidad.
—No me extraña que el rayo tampoco te asustara tanto.
Nos despedimos.
Se notaba que a los dos nos habría gustado alargar un poco más la conversación.
—Puede que vuelva —dijo—. He visto cosas que quiero mirar con calma. Te llamaré si vengo.
Se subió a un taxi.
Yo volví a mis pasillos.
Esa noche llegué a casa cansado.
Vera también lo estaba.
Tenía esa expresión suya de orden interior: la de quien ha cerrado un día que no puede contar entero.
—Ha sido un día duro —dijo—. Por fin se ha cerrado lo del banco.
—Ah —respondí—. Por fin. Enhorabuena. Después de tantos años, ya os habréis quitado un peso de encima.
—Eso parece.
—Me alegro por ti —añadí—. Espero que haya sido un buen acuerdo.
Vera dudó apenas un instante.
—Supongo que sí. A La Caja le va a costar 1.100 millones de dólares.
Asentí.
Después de tantos años de negociaciones, di por hecho que sería un buen precio.
Subí un poco el volumen de la televisión.
Y en ese momento vibró el móvil.
Un mensaje de Luisa:
“He preguntado a Valoraciones, tal y como habíamos quedado.
No se atreven a dar un precio exacto. No les gusta equivocarse.
Así que, para no pillarse los dedos, me han dado una horquilla.
En la horquilla está.
Entre 525 y 575 millones de dólares.”
Me quedé mirando la pantalla del móvil.
En la televisión alguien hablaba de cultura y primavera. A mi lado,Vera comentaba otra cosa.
La vida seguía en su carril.
Pero dentro de mí, sin ruido, dos vibraciones distintas acababan de encajar.
Y la forma del ruido, por primera vez, se dejó ver.
El móvil seguía encendido en mi mano.
La pantalla iluminaba más de lo necesario.

