Desayuno con algoritmos (3/3)
Ya no hablaba con el desconcierto de quien no entiende. Ni con la rabia de quien se siente traicionado. Hablaba como se habla después de un naufragio: lento, sin adornos, con la voz empapada de realidad. Me lo dijo así: “Esto no lo vi venir”.
P R I M E R A E T A P A
Capítulo 1.4
Primeros de julio de 2008
Llamé a la oficina para decir que no iría en todo el día. Decidí dedicar la jornada entera a revisar, una por una, las ochocientas fichas.
En teoría, si todo respondiera a una lógica estadística razonable, el nombre que buscaba aparecería hacia la mitad.
Me senté frente al ordenador con una sensación indefinida, como si flotara en una nube sin saber si iba a tocar fondo o quedarme dando vueltas sin sentido. No sabía si iba a perder el tiempo, si encontraría algo, si todo aquello tenía sentido… pero, aún así, comencé.
La lista parecía interminable: apellidos, nombres, datos. Iban pasando como una procesión sin sentido. Algunos me sonaban, pero no lo suficiente. Nada que hilara con nuestra historia.
Seguía bajando. Un clic. Otro. Y de pronto, sin aviso, en torno al número doscientos, lo vi.
Me quedé helado.
El estómago se me encogió. Me eché atrás en la silla, como si el respaldo pudiera protegerme de algo, seguramente de mí mismo.
Era él: Leandro Buesa, su presidente.
Lo supe sin sombra de duda.
Entonces volvió a mi cabeza la frase que lo había desencadenado todo: “Hace días que no nos vemos. No sé nada de ti... ni tú de mí”.
En su momento no la entendí del todo. Me desconcertó.
Ahora sí.
No era una frase de amor. Ni siquiera de deseo.
Dada la fama que arrastraba —esa mezcla de seductor compulsivo y depredador de pasillo—, estaba claro que era una frase de turno.
Vera era la favorita de la semana.
La elegida del banquillo.
De repente sentí que el suelo cedía bajo mis pies.
Como si todo lo que creía real —mi casa, mi familia, nuestros días felices...— de pronto no tuviera peso ni materia.
Lo que vi allí no dejaba lugar a dudas. Porque aquello no era un desliz.
No era una caída, ni un simple impulso descontrolado.
Era una deslealtad pensada, sostenida, decidida desde la intención consciente y orquestada entre la mujer que creía amar y el hombre que yo mismo había ayudado a alcanzar la presidencia de La Caja.
Y lo más devastador: no parecía una relación que viniera de algunas semanas atrás, sino de meses.
¿Cómo era posible? Vera solía despreciarlo abiertamente. No toleraba su mera presencia. Decía que iba dejando un rastro viscoso de insinuaciones torpes y que no podía digerir su característico modo de ejercer el poder, cobrando en favores lo que firma en nóminas y ascensos.
Vera —mi mujer, la madre de mis hijos—, ¿era capaz de sostener ese asco con tal de conseguir su promoción profesional?
Y entonces vino el dolor.
Un dolor sin forma, sin palabras.
Solo el vértigo de sentir que todo había sido falso.
Que la vida, esa vida que me había costado años construir, era un mero decorado.
Y seguí buscando.
Recorrí el listado entero. Más de ochocientos registros, uno por uno.
No porque esperase encontrar algo nuevo, sino porque necesitaba aferrarme a la posibilidad de estar equivocado.
De que todo fuera una invención mía, una simple coincidencia. Un malentendido.
Pero no encontré nada más; me erguí en la silla y respiré hondo.
La verdad no solo se ve. También se acepta.
Hice por serenarme y asumí que los indicios eran muy sólidos.
El siguiente paso estaba claro: buscar pruebas contundentes.

