Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


Desayuno con algoritmos (2/3)  

Aquel día, en vez de hablar, David empezó a escribir en una servilleta. Dibujaba flechas, números, palabras sueltas. Luego levantó la mirada y, sin solemnidad, me dijo que todo estaba allí. “Aquí empieza la historia, Carmen”. Yo no vi una historia. Vi un algoritmo disfrazado de destino.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita


 

P R I M E R A   E T A P A
Capítulo 1.3

Primeros de julio de 2008

Durante años, había trabajado con datos demográficos. El censo no era un territorio nuevo para mí; lo conocía al milímetro. Había aprendido a cruzar variables, a detectar patrones, a extraer conclusiones con precisión quirúrgica. Lo había hecho cientos de veces. Y ahora, aunque el contexto fuera distinto, el método seguía siendo el mismo.

El primer paso era evidente. Reducir el conjunto. Treinta y cuatro millones de personas no era un universo abordable.

Me obligué a pensar en términos prácticos. Empecé por lo geográfico. Vera no viajaba sola. Nunca lo hizo. Siempre nos movíamos juntos. Solo yo, por trabajo, me desplazaba a veces sin ella.
Sus amistades —las de antes de casarnos y las que mantuvo después— estaban todas en la Comunidad de Madrid. Yo las conocía: me las fue presentando con naturalidad a lo largo de los años. También conocía a sus compañeros de trabajo, prácticamente a todos. Que yo supiera, no tenía vínculos con otras provincias, ni relaciones profesionales o emocionales conocidas fuera de aquí.

Por otro lado, el mensaje decía “hace días que no nos vemos”. Luego se veían con frecuencia. Por fuerza, tenía que ser alguien que viviera cerca.

Así que empecé por ahí: los censados en la Comunidad de Madrid. Por entonces, unos cinco millones.

El siguiente filtro fue el más obvio. Nunca tuve indicios de que a Vera le atrajeran las mujeres. No había gestos, ni historias, ni vínculos pasados que insinuaran una relación homosexual o bisexual. Todo en su forma de estar en el mundo apuntaba, sin fisuras, hacia el deseo heterosexual.

Así que apliqué ese criterio: eliminé del censo a todas las mujeres. Me quedé con los hombres. Dos millones cuatrocientos mil. Seguía siendo una cifra enorme, pero ya estábamos acotando. Algo se me ocurriría.

Y ahora iba a por el dato fundamental. El único verdaderamente fiable: el día y el mes de su cumpleaños, 19 de julio.

Nunca lo había perdido de vista, pero ahora podía convertirse en una criba precisa. Si distribuía a aquellas 2,4 millones de personas entre los 365 días del año, el universo se estrechaba: unas 6.500 compartirían ese mismo día de nacimiento.

Ya no era un océano. Seguía siendo una locura, pero empezaba a tomar forma. El terreno era ya abordable.

Había otro filtro inevitable. No podía permitirme perder el tiempo con extremos inverosímiles. Me quité de un plumazo a los muy jóvenes y a los muy mayores. No recuerdo los límites exactos, pero la idea era clara: cribar a quienes, por edad, no encajaban de ningún modo. Aquella poda silenciosa eliminó de golpe a un 35 % del conjunto. Quedaban unos 4.300 hombres. Todavía una multitud, sí… pero cada vez más cerca del rostro que buscaba.

Me costaba concentrarme en las ideas, que se me enredaban. Me perdía a ratos en ramificaciones inútiles, caminos sin salida. Pero seguí. Seguí porque no podía hacer otra cosa.

¿Qué más tenía? Poco. Muy poco. Pero, en momentos así, cada detalle cuenta. Incluso los que parecen irrelevantes. Fui repasando lo que sabía, por si algo se me había escapado. Y entonces lo vi con claridad: el teléfono.

Aquel número simétrico, capicúa, imposible de conseguir por azar. No era uno cualquiera. No era uno de esos que se eligen en tienda por estética o superstición. No. Esos números no se compran. Se heredan. Se otorgan. Se blindan desde dentro. Y eso, claro, también decía algo de él. De su entorno. De su perfil.

Así que afiné aún más. De los 21 distritos de Madrid, descarté más de la mitad. Eliminé los cinturones residenciales y las zonas sin tradición de élite. Y de los 170 municipios de la Comunidad, me quedé con una docena: los más significativos, los de mayor renta per cápita, los que históricamente concentran poder discreto. Ni polígonos industriales ni periferias. Lo esencial. Lo probable. Lo que podía esconder un número como aquel.

No tenía más. Solo ese hilo de razonamientos —algunos firmes, otros apenas intuiciones—, entrelazados como un algoritmo incierto. Pero era todo lo que tenía.

Así llegué a una lista de unos ochocientos hombres. Solo ochocientos.
Suficientes para encontrarlo. O para perderme del todo.

No sabía si iba a reconocer algún nombre, pero algo dentro de mí me empujaba a intentarlo. Vera y yo llevábamos una vida tan compartida, tan entrelazada, que me resultaba difícil imaginar que pudiera haber alguien completamente ajeno a nuestro entorno. No teníamos vidas paralelas —o al menos yo lo creía hasta entonces—. Apenas había espacios donde uno no supiera del otro. Pensé que, si se veían con frecuencia —como sugería ese mensaje—, tenía que ser alguien accesible, visible, aunque solo fuera de refilón. Y aunque fuera absurdo, quería creer que, entre aquellos 800 nombres, alguno iba a decirme algo. Porque necesitaba encontrar algo.
Lo que fuera.


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