Vidas Paralelas
la realidad supera la ficción


Desayuno con algoritmos (1/3)

Cuando comenzó a hablar, lo hizo sin rodeos. Aquella mañana, más que contarme algo, parecía estar descifrando un recuerdo. Había cierta tensión en el aire, no por lo que decía, sino por todo lo que aún no decía. A veces la verdad llega así, en voz baja, como si no quisiera interrumpir.

Desayuno con algoritmos es eso: un comienzo en silencio, una historia donde todavía quedan restos de amor y algo muy parecido al temblor.

Vidas Paralelas - Firma de Carmen Ferrita


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P R I M E R A   E T A P A
Capítulo 1.2

Primeros de julio de 2008

Vera se fue a trabajar como cada mañana. Yo me quedé en pijama, apoyado en el quicio de la puerta del salón, observando en silencio cómo bajaba al garaje y cómo el coche desaparecía, puntual, rumbo a La Caja.

Me quedé un rato más junto a la ventana, mirando la calle sin verla. El tráfico, las aceras, los árboles: todo seguía igual. Pero yo no. Sentí con nitidez que se avecinaba algo complicado. No sabía aún qué forma iba a tener, ni cuándo ni cómo estallaría, pero lo presentía. Lo intuía con esa certeza extraña que aparece cuando uno ya ha empezado a perder algo.

Y me dije que, si quería salir entero de lo que viniera, iba a necesitar mantener la calma como nunca. No precipitarme. No actuar desde la rabia ni desde el miedo. Me lo prometí. Tener cuidado. Ser templado. Saber que llegarían decisiones difíciles, momentos oscuros. Y que tendría que atravesarlos sin romperme. O, al menos, no del todo.

Dejé la taza de café en la encimera, aún caliente, y subí despacio al despacho. Aquel pequeño cuarto que compartíamos, aunque en realidad era yo quien lo habitaba casi por completo. Vera apenas entraba. Allí trabajaba, leía, organizaba mis cosas. Había un único ordenador: un sobremesa que también usaba más yo que ella. Su uso más habitual era hacer las copias de seguridad del Nokia. Y por eso fui: buscando, en esas copias automáticas, alguna explicación. Algún resquicio de sentido.

Encendí el ordenador. Esperé, con esa lentitud tensa de quien sabe que está cruzando una línea, y accedí a la carpeta de respaldo. Nunca antes había husmeado en nada suyo. Pero aquella mañana no era como las demás. Tecleé el nombre de Marina Elvira. Y allí estaba: su amiga de siempre, con su foto, su dirección, su número… todo lo que ya conocía. Nada extraño.

Hasta que apareció una pestaña que no había visto nunca. La abrí. Y apareció otra Marina Elvira. Sin foto. Sin dirección. El mismo nombre y apellido que el registro anterior, pero con un número de teléfono distinto, aquel desde el que, intuí, había llegado el mensaje nocturno.

Junto a él, una única anotación: “Cumpleaños: 19 de julio”. Una Marina sin rostro, sin historia, sin contexto. Una Marina de reserva. De camuflaje. Un perfil disfrazado con torpeza infantil, como si bastara con duplicar un nombre para ocultar lo evidente.

No había mucho más. Un nombre falso, un número capicúa estéticamente perfecto, una fecha de cumpleaños, y la frase que aún resonaba desde la noche anterior en la pantalla de aquel Nokia: “Hace días que no nos vemos. No sé nada de ti… ni tú de mí”.

Sentí la tentación de llamar. De marcar ese número solo para escuchar una voz. Pero recordé lo que me había prometido: actuar con método, no con vísceras. También pensé en recurrir a un detective amigo, alguien de confianza que me había ayudado en otros contextos. Pero sabía que los temas matrimoniales lo quemaban. Y que, si encima eran de un amigo, lo abrasaban. Me lo haría, sí. Pero tenía que ir con algo. No con un mensaje ambiguo, no con un nombre duplicado, no con la corazonada de un marido despechado. Tenía que intentar conseguir algo más antes. Tener, al menos, un principio de evidencia. Algo que justificara buscar pruebas. Algo que no sonara a celos ni a paranoia. Lo pensé en serio: antes del detective, tenía que intentarlo yo.

Y, sin embargo, me preguntaba: ¿qué se puede hacer cuando solo tienes un número de teléfono, un cumpleaños y una sospecha? ¿Cómo avanzar sin romper lo que queda de cordura?

"Hace días que no nos vemos. No sé nada de ti… ni tú de mí". Era claramente un mensaje de amante, sí. Pero había algo que no encajaba del todo. ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué días sin saber el uno del otro? Ese tipo de relaciones suelen ser más efusivas, más constantes, incluso en su clandestinidad.

Podían hablar cuando ella no estuviera en casa, enviarse mensajes, mantener el contacto. Y, sin embargo, ahí estaba esa frase, casi melancólica, casi suspendida. No me cuadraba. O no del todo.

Mientras le daba vueltas, decidí prepararme otro café. Bajé a la cocina. El vapor, el olor, las manos ocupadas… todo eso ayudaba a pensar.

Y entonces, en medio de ese murmullo cotidiano, se me encendió una idea. Años atrás, por motivos profesionales, había tenido acceso al censo electoral. Hacía más de una década que no lo usaba, pero… ¿y si seguía activo? Nunca me comunicaron que el acceso me lo hubieran revocado. Tal vez aún funcionaba. Y, sinceramente, no tenía otra cosa.

Subí de nuevo al despacho. Empecé a buscar en los cajones como quien busca una llave en mitad de un incendio. Sabía que tenía aquella contraseña anotada en algún sitio, en una libreta vieja, doblada, con las tapas rígidas y el lomo despegado. Revisé una, dos, tres… hasta que di con ella. Allí estaba. Y en una de las páginas, la contraseña manuscrita, medio borrada.

Volví a sentarme frente al ordenador. Entré al acceso restringido del censo tras tomar algunas precauciones para que no quedara rastro de mi búsqueda. No quería dejar huellas. Ni digitales, ni emocionales. Tecleé despacio la contraseña y respiré hondo antes de pulsar [INTRO].

Durante unos segundos no ocurrió nada. La pantalla quedó en negro, como si lo estuviera pensando.
Y entonces, como si despertara de un largo letargo, empezaron a desfilar nombres. Uno tras otro. A una velocidad hipnótica. Apellidos, direcciones, fechas de nacimiento. Cientos, miles, millones. El censo electoral completo. Treinta y cuatro millones de personas. Como una lluvia de datos cayendo desde algún lugar invisible.

Me quedé quieto. Mirando. Sintiendo que, en algún rincón de aquella avalancha digital, estaba lo que buscaba.
Me dije: “Algo es algo”.
Y lo era.


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