Ab initio
David me contó aquel comienzo con una mezcla de ligereza y precisión, como quien revive un instante que parecía menor pero que acabaría pesando mucho más de lo previsto. Entre gestos y pausas, dibujó el escenario de unas elecciones que, para él, eran solo un paso más… sin imaginar que abrirían la puerta a una historia mucho más grande.
Vídeo generado por Carmen a partir de una descripción de David
S E G U N D A E T A P A
Capítulo 2.1
Primeros de diciembre de 1995
A finales de 1995, un viernes por la mañana, recibí una llamada inesperada. Era Rosa, la secretaria de Adolfo Serrano.
Una mujer discreta, de trato amable, que llevaba décadas trabajando con él.
—Hola, David, buenos días. Quiere verte el jefe.
Adolfo Serrano había sido una figura clave en la política española desde la Transición. Su capacidad para entender un problema complejo y ofrecer la solución más eficaz en minutos siempre me impresionó. De vez en cuando, recurría a mí para trabajos muy concretos.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Ahora. A la una y media.
Me recibió con su saludo de siempre, afable, sonriente, pero directo.
—¿Sabes qué es La Caja?
—Sí, claro —respondí.
Me pasó un tomo grueso de tapas grises. En la portada, letras sobrias: Estatutos de La Caja.
—¿Y sabes cómo se compone su Consejo de Administración?
—No sabía que las cajas de ahorros tuvieran Consejo de Administración —dije asombrado.
—Ahora sí. Procede del Consejo General, compuesto por 330 miembros, que actúa como una especie de junta de accionistas.
Acto seguido me entregó otro documento, el Reglamento Electoral de La Caja. Lo sostuve sin decir palabra, esperando a que revelara el verdadero motivo de aquella reunión.
—Se van a celebrar elecciones al Consejo General; quiero que este mismo fin de semana diseñes el plan de marketing electoral para ganarlas. Y que luego lo ejecutes, claro —sentenció con autoridad.
Tras un silencio, Adolfo añadió:
—Te explicaré brevemente el proceso, pero estudia estos documentos a fondo; ahí está la clave del éxito.
Tras sus detalladas explicaciones salí del despacho sabiendo que me esperaba un fin de semana intenso. Dediqué horas a leer y subrayar. Algunos capítulos de los estatutos eran irrelevantes para mi trabajo, pero el reglamento electoral lo leí entero, dos veces. Algunos capítulos más, hasta entender a fondo el núcleo del sistema:
El Consejo General de La Caja tenía 330 miembros: un tercio —el sindical— se designaba por votación de los empleados, otro tercio —el político— lo designaban proporcionalmente las corporaciones locales (la Comunidad Autónoma y los ayuntamientos de la Comunidad) y el último tercio —el de los clientes— emana de estas elecciones.
El mecanismo electoral de este último tercio se presentaba como abierto: cualquier cliente podía ser candidato. En la práctica, sin embargo, solo partidos políticos, sindicatos y organizaciones afines contaban con la infraestructura necesaria para hacer campaña.
El domingo por la noche terminé el informe con la propuesta de campaña, cronograma y presupuesto.
El lunes, puntual, le entregué el informe a Adolfo. Pasó las páginas despacio, pero con la certeza de quien ya sabe lo que busca. Y, como tantas veces, fue directo a lo esencial: tres o cuatro párrafos bastaban para que entendiera el conjunto. Era una habilidad extraordinaria, casi instintiva, de saltar el ruido y llegar al núcleo. Lo recorrió en silencio y cerró la carpeta con un golpe seco.
—Perfecto. Mañana veré a María José. Si aprueba el presupuesto, adelante. Y no muevas un dedo antes de tener confirmación: los partidos son malos pagadores.
María José era la presidenta del Partido Español Conservador (PEC). Adolfo la trataba con la familiaridad que da la cercanía política y los años de confianza mutua.
Al día siguiente, a las 09:15 sonó mi teléfono:
—Adelante, tienes vía libre —dijo Adolfo—. El presupuesto está reservado.
Y añadió:
—He visto que necesitarías apoyo de la estructura territorial del partido. Hoy mismo te llamará Mario García, diputado y figura discreta pero clave en los engranajes del partido. Trabaja con él; todo lo que necesites de la sede central, te lo facilitará. Y mantenme informado a diario.
Esa misma mañana me llamó Mario García. Su voz sonaba próxima y precisa.
—Adolfo me ha comentado que vamos a trabajar juntos —agregó Mario—. Cuéntame lo que tienes en mente.
Un par de horas más tarde nos encontramos en una cafetería cercana a la sede del Partido Español Conservador. Le expliqué la idea de campaña, el papel fundamental que jugarían las sedes locales y los afiliados al PEC. Como abogado del partido y diputado nacional, su conocimiento de las estructuras internas era tan sólido como su red de contactos políticos.
Entre Mario y yo hubo una química inmediata que pronto se convirtió en confianza y, con los años, en amistad.
—Perfecto —dijo—. ¿Qué necesitas que haga?
—Enviar y explicar un plan de acción a cada sede. Lo redacto y te lo mando esta misma tarde —concluí.
Se quedó en silencio un instante, como si repasara mentalmente la logística. Luego me miró fijo y añadió:
—Vale. ¿Y algo más?
—Sí —respondí, lacónico—. Necesito los resultados electorales, mesa a mesa, de los últimos diez años.
Alzó las cejas, sorprendido.
—Eso se puede conseguir… no es difícil.
Lo miré fijamente y, sabiendo que podía reaccionar de cualquier manera, me atreví a soltarlo como quien deja caer una losa:
—Y el censo electoral.
El gesto de Mario cambió al instante. Se inclinó hacia delante, como si quisiera asegurarse de haber oído bien.
—¿El censo? ¿Pero sabes lo que me estás pidiendo? Eso es delicado. Muy delicado.
—Sé que lo que te pido no es ilegal —agregué—. Quizá esté en un limbo, quizá sea alegal… pero ilegal no es. Como habrás visto en el plan que preparé, cruzar la información del censo con los resultados de cada mesa electoral es vital para nuestros fines. Mario, tenemos carta blanca... o casi. Por favor, mueve lo que tengas que mover y consígueme la contraseña de acceso al censo electoral.
Mario hizo un gesto serio, bajando un poco la voz:
—Hay un proyecto de ley en marcha. En cuanto se apruebe, lo que me estás pidiendo será tremendamente ilegal.
—Sí, lo sé —le respondí sin dudar—, pero ese proyecto tardará meses en tramitarse. Hoy por hoy no lo es. Y lo necesitamos: el cuerpo electoral de La Caja no es especialmente afín al PEC y lo sabes.
Él sonrió apenas, ladeando la cabeza, como quien concede sin admitirlo.
—Bueno, ya que insistes… déjame ver qué puedo hacer.
Me limité a asentir. Por dentro me habría gustado preguntarle ¿y cuándo sabré algo?, pero antes de que pudiera añadir nada, se adelantó:
—Tengo instrucciones de no demorar nada. Tendrás una rápida respuesta. En el sentido que sea...
La escena se cerró ahí. No hubo promesas, ni fechas, ni detalles. Solo esas frases en el aire.
Horas después, un mensajero llamó a la puerta de mi casa. Llevaba un sobre. Sin remite. Sin logotipos. Ni una sola marca de origen. El propio mensajero, al preguntarle, negó saber quién se lo había entregado. “Me lo han dado para usted, nada más”.
Lo abrí con cuidado. Dentro, una hoja desnuda con una secuencia alfanumérica: la contraseña.
No venía de Mario, ni de nadie; oficialmente, aquel instante nunca existió.
La copié en una libreta de notas que siempre llevaba conmigo. Allí quedó guardada, entre garabatos y recordatorios sin importancia. Una contraseña clandestina disfrazada de apunte cotidiano.
A la mañana siguiente me llamó Mario García. No hizo la menor alusión al sobre sin remite que había llegado con la contraseña; yo evité mencionarlo.
—¿Cuántas personas necesitarías para el proyecto? —preguntó con tono práctico.
—Precisamente estaba ahora con eso. He calculado dieciséis o diecisiete.
—Será mejor que sean personas de confianza, allegadas al partido —añadió él—. El trabajo requiere discreción.
—De acuerdo —asentí—. Si tienes alguna propuesta, adelante.
—Iré pensando nombres —dijo—. Esta misma tarde te envío algunos currículos para que puedas ir planificando las entrevistas. Pero ya te adelanto una candidata que, estoy seguro, te vendrá de perlas como "mano derecha": es una amiga de mi mujer; acaba de volver de Erasmus y está buscando trabajo. Es de confianza. ¿Le digo que te contacte ya?
—Perfecto. ¿Cómo se llama?
—Vera Laínz.
